Cuando un país se atreve a pensar en el largo plazo, merece ser reconocido. La Agenda de Crecimiento Ecuador 2040 representa precisamente eso: un esfuerzo por devolver al país una visión de desarrollo basada en productividad, inversión, competitividad y empleo formal. Después de años en los que la coyuntura desplazó cualquier discusión estratégica, Ecuador vuelve a preguntarse cómo crecer durante las próximas décadas.
Pero una estrategia hacia 2040 debe responder no solo a los problemas que conocemos hoy, sino también a las transformaciones que redefinirán la economía mundial. Y pocas serán tan profundas como la inteligencia artificial. Por eso sorprende que la Agenda, aun cuando habla de innovación, modernización tecnológica, conectividad y capital humano, no incorpore explícitamente a la inteligencia artificial como un eje transversal de su estrategia de crecimiento. No se trata de agregar un capítulo tecnológico. Se trata de reconocer que la IA será una tecnología habilitadora de la productividad en prácticamente todos los sectores y, por tanto, debería atravesar la arquitectura misma de la Agenda.
La urgencia se entiende mejor cuando miramos el mercado laboral. Un estudio de la OIT y el Banco Mundial sobre América Latina estima que entre 26% y 27% del empleo ecuatoriano tiene algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. Aplicado a una fuerza laboral cercana a 8,9 millones de personas, hablamos de alrededor de 2,3 a 2,4 millones de empleos potencialmente afectados por esta transformación. Esa cifra no significa que todos esos puestos vayan a desaparecer: solo una fracción tiene alto riesgo de automatización completa; otros pueden aumentar su productividad mediante la complementariedad con la IA. Precisamente por eso la política pública importa.
Daron Acemoglu lo planteó con claridad en la conferencia inaugural “The Good-Jobs Imperative” de la ABCDE 2026 del Banco Mundial. Su advertencia es especialmente relevante para países en desarrollo: la IA puede crear enormes desafíos para el empleo, pero su dirección no es inevitable. El resultado dependerá de si se orienta hacia la automatización que sustituye tareas o hacia una IA “pro-trabajador” que amplía las capacidades humanas, crea nuevas tareas y eleva la productividad.
Acemoglu añadió otro elemento que debería preocuparnos: en partes de América Latina, alrededor de la mitad del empleo está en la economía informal. Ecuador refleja precisamente ese problema estructural. No estamos entrando a la revolución de la IA desde un mercado laboral sólido, formal y altamente productivo. Entramos con una informalidad que supera la mitad del empleo, bajos niveles de productividad y una enorme población que ya enfrenta dificultades para acceder a capacitación, tecnología y trayectorias laborales estables.
Los datos más recientes confirman esa dinámica. Según el estudio “IA en el trabajo” de Multitrabajos (2026), el 45% de las personas trabajadoras en Ecuador ya utiliza inteligencia artificial en sus tareas diarias, un salto de seis puntos frente al 39% registrado en 2025; aun así, es una de las tasas de adopción más bajas de la región, muy por debajo de Perú (65%) o Chile (61%). Preocupa además que el 57% de los talentos ecuatorianos —el porcentaje más alto de la región— cree que la IA terminará reemplazando el trabajo humano, mientras que entre los especialistas de recursos humanos el 76% anticipa que ciertos perfiles serán sustituidos, con los roles administrativos como los más expuestos. Del lado empresarial, el Barómetro Global de Empleos en IA 2026 de PwC muestra que las compañías —también en Ecuador— con mayor exposición a la IA han triplicado su ventaja en productividad laboral desde 2022 y, contrario a lo que suele suponerse, están subiendo salarios y contratando más rápido que las menos expuestas. La brecha, entonces, no es solo de adopción: es de distribución. Quienes logran integrar la IA de forma productiva capturan la mayor parte del beneficio, mientras que la informalidad laboral en Ecuador, que el INEC ubicó entre 52% y 56% a lo largo de 2025, deja a más de la mitad de la fuerza laboral fuera de ese circuito.
El riesgo, entonces, no es únicamente que algunas tareas desaparezcan. El riesgo es que la IA llegue a un mercado laboral frágil y profundice brechas que ya existen. Y existe una segunda brecha que recibe menos atención: la de las empresas. La discusión suele concentrarse en cómo preparar a los trabajadores, pero la transformación exige también preparar a quienes los emplean. La evidencia disponible sobre madurez digital empresarial en Ecuador muestra un rezago importante, especialmente entre las mipymes. Incluso entre empresas nacionales consideradas grandes, muchas aplicaciones de IA siguen concentradas en pilotos, automatizaciones puntuales o herramientas individuales, más que en una transformación integral de procesos, modelos de negocio y gestión del talento.
Si las empresas no incorporan la IA de manera productiva, tampoco crecerá suficientemente la demanda por nuevas competencias. Y si los trabajadores no adquieren esas competencias, las empresas tendrán menos capacidad para transformar sus procesos. Ecuador enfrenta, por tanto, una doble transición que debe ocurrir al mismo tiempo: la transformación del talento y la transformación de las empresas.
Aquí es donde la Agenda 2040 ofrece una oportunidad extraordinaria. Sus cuatro pilares —institucionalidad y seguridad jurídica; estabilidad fiscal; competitividad e inversión productiva; y fortalecimiento de la dolarización y profundización financiera— pueden fortalecerse mediante la inteligencia artificial. La IA puede ayudar a simplificar trámites y mejorar servicios públicos; fortalecer la administración tributaria y la calidad del gasto; elevar la productividad de empresas y sectores; ampliar el acceso al crédito mediante mejores herramientas de análisis; y acelerar la innovación y la inversión.
Por eso no propongo un quinto pilar. Propongo algo más importante: que la inteligencia artificial se convierta en un eje transversal de la Agenda de Crecimiento Ecuador 2040.
Eso requiere mucho más que una estrategia tecnológica. Ecuador ya ha avanzado en una hoja de ruta para el desarrollo y uso responsable de la IA. El paso siguiente debe conectar esa agenda con productividad, empleo, educación, transformación empresarial, inversión y modernización del Estado. La IA debe dejar de discutirse como un asunto separado y convertirse en parte central de la política de desarrollo.
Y esa transición no debería diseñarse únicamente desde el Gobierno o desde las empresas tecnológicas. Necesita una conversación nacional en la que participen las empresas, las universidades, los institutos técnicos, los organismos multilaterales, la sociedad civil y, de manera explícita, los trabajadores y sus organizaciones sindicales.
Incluir a los trabajadores desde el comienzo no es un gesto simbólico. Si el objetivo es que la IA complemente el trabajo humano en lugar de sustituirlo indiscriminadamente, quienes conocen las tareas, los procesos y las condiciones reales del trabajo deben participar en el diseño de la transición. Los sindicatos que existen en el país, aunque no tengan el peso que tuvieron en otras etapas históricas, pueden contribuir a construir legitimidad, identificar riesgos y convertir la capacitación continua y la reconversión laboral en parte de un nuevo acuerdo social.
Quizá ha llegado el momento de convocar un Pacto Nacional para la Productividad en la Era de la Inteligencia Artificial: Gobierno, empresas, trabajadores, academia, organismos multilaterales y sociedad civil alrededor de una misma hoja de ruta. Un pacto con metas concretas para acelerar la adopción de IA en las empresas, formar y reconvertir trabajadores, adaptar la educación, modernizar el Estado y medir periódicamente los efectos sobre productividad, empleo y desigualdad.
La Agenda 2040 tiene el mérito de volver a pensar el crecimiento del Ecuador en el largo plazo. Precisamente por eso debe incorporar la transformación que probablemente más alterará la productividad y el empleo durante ese horizonte.
La pregunta ya no es si la inteligencia artificial cambiará el mercado laboral ecuatoriano. Ya lo está haciendo. La pregunta es si vamos a dejar que esa transición ocurra sola o si vamos a gobernarla.
La tecnología no decidirá por sí sola el futuro del Ecuador. Lo decidirán las instituciones, las empresas, los trabajadores y las políticas públicas que construyamos hoy.

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