Transformar la educación es un imperativo moral y es tarea de todos

Los resultados de PISA 2025 deberían encender una alerta en Ecuador, porque revelan un problema mucho más profundo: demasiados jóvenes llegan a los 15 años sin dominar las competencias fundamentales de lectura, matemáticas y ciencias que necesitarán para continuar estudiando, acceder a empleos de calidad y desenvolverse en una economía transformada por la inteligencia artificial.

En lectura, Ecuador pasó de 409 puntos en 2017 a 385 en 2025: una caída de 24 puntos. En matemáticas pasó de 377 a 366, 11 puntos menos. En ciencias se mantuvieron los resultados. Pero los promedios esconden una realidad todavía más preocupante.

En PISA 2025, apenas 20% de los estudiantes ecuatorianos alcanzó al menos el nivel básico de competencia en matemáticas. En lectura lo consiguió 38% y en ciencias, 40%. Dicho de otra manera: ocho de cada diez jóvenes ecuatorianos de 15 años no alcanzan el nivel básico en matemáticas y seis de cada diez tampoco lo hacen en lectura o ciencias. No estamos hablando de cálculo avanzado ni de comprender textos científicos complejos. El nivel 2 de PISA representa competencias fundamentales para interpretar información, utilizar conocimientos básicos y resolver problemas relativamente sencillos.

Y existe otro problema todavía anterior al aprendizaje: muchos niños y adolescentes abandonan el sistema. UNICEF estima que alrededor de 267.000 niños, niñas y adolescentes están actualmente fuera del sistema educativo ecuatoriano. A los 17 años, 21,5% ya no asiste a clases. Las estadísticas del Ministerio de Educación también muestran decenas de miles de abandonos anuales. Por eso PISA debe leerse junto con los indicadores nacionales. Ecuador enfrenta una doble crisis: jóvenes que abandonan el sistema educativo y jóvenes que permanecen en él, pero no adquieren los aprendizajes fundamentales.

La pandemia golpeó una estructura que ya era vulnerable

Los estudiantes evaluados en PISA 2025 tenían aproximadamente diez años cuando comenzó la pandemia. América Latina sufrió el cierre educativo más prolongado del mundo. El BID calcula alrededor de 158 días de clases presenciales perdidos en promedio en la región. El Banco Mundial ha estimado pérdidas equivalentes a aproximadamente un año y medio de aprendizaje. Ecuador no estaba preparado para semejante interrupción.La conectividad era desigual. No existía una infraestructura nacional de aprendizaje digital suficientemente desarrollada. Muchos docentes tuvieron que improvisar mecanismos para mantener contacto con sus estudiantes y los hogares más pobres tenían muchas menos posibilidades de sustituir la escuela presencial mediante computadoras, conectividad y apoyo familiar.

En Fundación Edúcate vivimos esa realidad directamente. Contábamos desde años atrás con una plataforma tecnológica adaptativa (APCI) desarrollada para personalizar aprendizajes en matemáticas y lenguaje en la que más de 570.000 niños y jóvenes la había utilizado para mejorar sus aprendizajes de matemáticas y lenguaje con resultados positivos de acuerdo con evaluaciones del BID (2012) y del Banco Mundial (2018.  La ofrecimos gratuitamente durante la emergencia. Pero la pandemia mostró que disponer de tecnología era apenas una parte de la solución. Se necesitaban conectividad, capacidad institucional para reconocer rápidamente las brechas, alianzas con organizaciones que ya tenían soluciones disponibles y mecanismos para llegar a los estudiantes más vulnerables.

La pandemia, sin embargo, no explica todo. Antes de 2020 Ecuador ya enfrentaba serias deficiencias de aprendizaje. Y PISA 2025 revela problemas que siguen presentes varios años después. El 31% de los estudiantes ecuatorianos declaró haber faltado por lo menos un día de clases durante las dos semanas anteriores a PISA. El 53% había llegado tarde.

Por eso debemos distinguir cuatro problemas diferentes: entrar a la escuela, permanecer en ella, asistir regularmente y aprender. Una política educativa puede aumentar matrícula y, sin embargo, fracasar en cualquiera de las otras tres dimensiones.

¿Por qué algunos países latinoamericanos consiguieron mejorar?

La historia de PISA 2025 no es únicamente de deterioro. En medio de una caída global de aprendizajes, tres países latinoamericanos consiguieron mejoras estadísticamente significativas en ciencias entre 2022 y 2025: Costa Rica aumentó 13 puntos, El Salvador 12 y Uruguay 9. Ninguno ha resuelto todos sus problemas. Tampoco mejoraron significativamente en lectura y matemáticas. Pero sus experiencias demuestran algo fundamental: el deterioro no es inevitable. Y, más interesante aún, los tres llegaron a sus resultados por caminos diferentes.

Uruguay: la resiliencia se construye antes de la crisis

Uruguay comenzó Plan Ceibal en 2007. Es conocido internacionalmente por haber proporcionado computadoras y conectividad a los estudiantes, pero reducir Ceibal a la entrega de dispositivos sería perder su principal enseñanza. Durante casi dos décadas Uruguay construyó alrededor de esa infraestructura un ecosistema educativo: plataformas de aprendizaje, biblioteca digital, evaluación en línea, contenidos, formación docente, enseñanza de inglés a distancia, pensamiento computacional y herramientas adaptativas. Cuando llegó la pandemia, Uruguay no tuvo que construir desde cero una escuela digital. La infraestructura ya existía.

Pero quizá la evolución más interesante de Ceibal haya sido pasar de proporcionar tecnología a utilizarla para personalizar el aprendizaje. Las plataformas adaptativas de matemáticas permiten que los estudiantes trabajen a ritmos diferentes y proporcionan al profesor información sobre dónde encuentra dificultades cada alumno. Evaluaciones han encontrado mejores resultados entre estudiantes que utilizan estas herramientas, particularmente cuando están integradas al trabajo del docente. La tecnología no reemplaza al profesor, aumenta su capacidad para saber quién necesita ayuda y en qué.

PISA 2025 encuentra ahora que Uruguay obtuvo 445 puntos en ciencias, su mejor resultado histórico. Desde 2015 disminuyó la proporción de estudiantes bajo el nivel mínimo en esta materia y, particularmente importante, mejoraron los resultados de los estudiantes socioeconómicamente desfavorecidos. Uruguay no es un milagro educativo. Lectura y matemáticas continúan planteando problemas importantes. Pero deja una primera lección para Ecuador: las capacidades educativas se construyen antes de necesitarlas y requieren continuidad durante muchos años.

Costa Rica: primero hay que reconocer cuánto se perdió

Costa Rica enfrentó una situación diferente. Incluso antes de la pandemia, sus estudiantes habían sufrido importantes interrupciones debido a huelgas. Luego llegaron los cierres por COVID-19. El país acumuló alrededor de 175 días de cierre total de escuelas. El propio Estado de la Educación llegó a describir lo ocurrido como un “apagón educativo”. Pero Costa Rica hizo algo que parece elemental y que muchos sistemas educativos evitan: reconoció explícitamente que sus estudiantes habían perdido aprendizajes. Realizó evaluaciones diagnósticas para determinar la magnitud de las brechas y encontró, por ejemplo, que alrededor de 38% de los estudiantes de secundaria inferior necesitaba apoyo en matemáticas.

La respuesta fue un Plan Integral de Nivelación Académica 2022-2025. Su lógica resulta particularmente relevante: diagnosticar → identificar aprendizajes imprescindibles → priorizar contenidos → nivelar durante varios años. No se trataba de intentar enseñar apresuradamente todo lo que había quedado pendiente. Se trataba de identificar las competencias sin las cuales el estudiante no podía continuar aprendiendo.

En PISA 2025, Costa Rica aumentó 13 puntos en ciencias y consiguió aproximadamente recuperar los niveles que había alcanzado antes de la pandemia. Matemáticas y lectura permanecieron estadísticamente estables. No podemos afirmar que el Plan de Nivelación sea la única causa de ese aumento. Las reformas educativas rara vez permiten explicaciones tan simples. Pero Costa Rica deja una segunda lección: para recuperar aprendizaje primero hay que medir honestamente cuánto se perdió.

 

El Salvador: tutorías sencillas que sí tienen evidencia

El Salvador partía de condiciones todavía más difíciles: infraestructura deteriorada, baja conectividad, cobertura insuficiente, grandes desigualdades y resultados educativos bajos. Su reforma Mi Nueva Escuela intenta intervenir simultáneamente infraestructura, currículo, formación docente, tecnología, nutrición y pedagogía, con un cambio explícito desde la memorización hacia el razonamiento. Es demasiado pronto para atribuir a esa reforma la mejora de 12 puntos en ciencias observada por PISA 2025. Pero El Salvador ofrece algo quizá más valioso: evidencia experimental sobre una intervención concreta que funciona.

Durante la pandemia, el BID evaluó mediante un experimento aleatorio un programa extraordinariamente sencillo de tutorías remotas para estudiantes vulnerables. Los estudiantes recibieron sesiones telefónicas de aproximadamente 20 minutos durante ocho semanas, complementadas con mensajes de texto. No requería sofisticadas plataformas ni computadores de última generación. Los estudiantes que recibieron las tutorías mejoraron alrededor de 0,23 desviaciones estándar en matemáticas, equivalente a una aceleración aproximada de 33% del aprendizaje respecto del grupo de control. El costo fue alrededor de US$38 por estudiante. La experiencia posteriormente se extendió y la evidencia del BID en la región continúa mostrando que las tutorías focalizadas pueden acelerar significativamente el aprendizaje. Esta es una tercera lección fundamental: los estudiantes que se han quedado atrás necesitan intervención individualizada, no simplemente más de la misma clase que no consiguieron comprender la primera vez.

Enseñar de acuerdo con lo que el estudiante sabe

Las experiencias de Uruguay, Costa Rica y El Salvador parecen diferentes, pero detrás de ellas existe una misma idea. Costa Rica diagnostica. Uruguay personaliza. El Salvador tutoriza. Los tres mecanismos parten de una pregunta que debería estar en el centro de cualquier reforma educativa: ¿qué sabe realmente este estudiante?

Nuestro sistema organiza la enseñanza fundamentalmente de acuerdo con edad y grado. Pero estar matriculado en octavo año no significa necesariamente dominar las competencias de séptimo, sexto o incluso anteriores. Después de la pandemia, esta diferencia se volvió crítica. La evidencia del BID sobre recuperación de aprendizajes apunta precisamente hacia la aceleración, en lugar de simplemente repetir cursos o intentar cubrir nuevamente todo el currículo: diagnosticar, concentrarse en competencias fundamentales, enseñar al nivel real del estudiante y medir nuevamente.

Es una transformación sencilla de explicar, pero profunda en sus implicaciones. La unidad fundamental de una política educativa deja de ser solamente el grado y empieza a ser también el aprendizaje de cada estudiante.

Turquía: qué ocurre cuando las reformas se sostienen durante veinte años

Para entender hasta dónde puede llegar una transformación sostenida, resulta útil salir de América Latina. Turquía es un caso particularmente interesante para Ecuador porque hace dos décadas no partía de las condiciones de Singapur, Japón o Estonia. Tenía baja cobertura secundaria, fuertes desigualdades territoriales, baja participación femenina y resultados educativos modestos. Durante aproximadamente veinte años expandió infraestructura y educación obligatoria, aumentó la participación de las mujeres, reformó currículo y evaluación, invirtió en profesores, educación inicial y materiales y desarrolló programas focalizados para poblaciones vulnerables. El resultado resulta notable. Entre 2003 y 2018 prácticamente duplicó la proporción de jóvenes de 15 años representados por PISA, pasando aproximadamente de 36% a 73%. Pero no sacrificó aprendizaje para conseguirlo.

PISA 2025 muestra que Turquía mejoró en las tres áreas respecto de 2022. En ciencias alcanzó 494 puntos, por encima del promedio de la OCDE. Y desde 2015 la proporción de estudiantes por debajo del nivel básico disminuyó aproximadamente 16 puntos porcentuales en matemáticas, 16 en lectura y 25 en ciencias. Turquía tampoco resolvió todos sus problemas. Persisten desigualdades y desafíos de ausentismo. Pero su experiencia deja quizá la lección institucional más importante: las transformaciones educativas importantes no ocurren durante un período presidencial.

¿Qué debería aprender Ecuador?

La evidencia internacional no parece conducir hacia una nueva reforma gigantesca del sistema educativo ni hacia otra discusión exclusivamente presupuestaria. Conduce hacia algunas prioridades mucho más concretas.

Primero, evitar que los estudiantes abandonen el sistema. Necesitamos sistemas de alerta temprana que utilicen asistencia, desempeño, edad, repetición y vulnerabilidad para intervenir antes de que el alumno desaparezca de la escuela.

Segundo, medir temprana y periódicamente los aprendizajes. PISA debería confirmar a los 15 años problemas que el sistema ecuatoriano ya detectó y comenzó a corregir mucho antes.

Tercero, concentrarnos en lectura y matemáticas fundamentales. Cuando existen enormes brechas acumuladas, intentar cubrir un currículo excesivamente amplio puede significar avanzar en contenidos sin consolidar aprendizajes.

Cuarto, crear un sistema nacional de recuperación y tutorías para los estudiantes rezagados. La evidencia del BID demuestra que pueden existir intervenciones de bajo costo y alto impacto.

Quinto, utilizar tecnología e inteligencia artificial para personalizar el aprendizaje y aumentar la capacidad del profesor. Uruguay demuestra que la tecnología educativa funciona mejor cuando forma parte de un ecosistema y no de una compra aislada de dispositivos.

Sexto, devolver al profesor información útil. Un maestro necesita saber qué estudiante no comprende fracciones, cuál tiene dificultades de comprensión lectora y cuál está avanzando más rápido. La evaluación debería convertirse en una herramienta cotidiana para enseñar mejor.

Y finalmente, dar continuidad a las políticas que funcionan. Uruguay lleva casi veinte años construyendo Ceibal. Turquía lleva dos décadas reformando su sistema. Ecuador, en cambio, tiene demasiada experiencia empezando nuevamente.

En la era de la IA, volver a lo fundamental

Existe una paradoja extraordinaria detrás de PISA 2025.Nunca nuestros jóvenes tuvieron acceso a tanta información ni a herramientas tan poderosas para encontrar respuestas, escribir, traducir, programar o resolver problemas. Pero precisamente cuando aparece la inteligencia artificial, PISA registra un deterioro internacional de algunas de las capacidades que más necesitaremos para utilizarla bien. Leer profundamente. Razonar. Contrastar fuentes. Comprender matemáticas. Evaluar evidencia. Resolver problemas.

El desafío de Ecuador no consiste en preparar a nuestros jóvenes para competir contra la inteligencia artificial. Consiste en prepararlos para trabajar con ella sin entregarle la responsabilidad de pensar. Y eso requiere empezar mucho antes de enseñar programación o inteligencia artificial.

Requiere conseguir que ningún niño abandone la escuela porque se quedó atrás. Saber qué está aprendiendo. Intervenir rápidamente cuando no aprende. Dar al profesor las herramientas para ayudarlo. Utilizar tecnología para personalizar. Medir resultados. Corregir. Y sostener las políticas que funcionan más allá del gobierno que las inició.

PISA 2025 contiene una mala noticia para Ecuador: estamos perdiendo aprendizajes fundamentales. Pero también contiene una buena. Otros países demuestran que esa trayectoria puede cambiar. No necesitamos inventar desde cero qué hacer. Necesitamos aprender de la evidencia, adaptarla a nuestra realidad y, sobre todo, tener la disciplina institucional para sostenerla en el tiempo.

En la era de la inteligencia artificial, enseñar a leer, razonar y resolver problemas no es una agenda educativa del pasado. Es una de las políticas productivas más importantes para el futuro del Ecuador.

Transformar la educación es un imperativo moral y es tarea de todos

Transformar la educación es, ante todo, un imperativo moral. Cuando un niño nace en un hogar pobre y el sistema educativo no logra compensar las desventajas de su origen, la educación deja de funcionar como el gran mecanismo de movilidad social y puede terminar reproduciendo la desigualdad de una generación a la siguiente. Las consecuencias trascienden el aula: menores oportunidades de continuar estudiando, empleos más precarios, menores ingresos y una mayor probabilidad de que la pobreza de los padres se convierta también en la pobreza de sus hijos. Y quienes más pierden cuando un sistema educativo falla son precisamente quienes menos alternativas tienen: los niños y jóvenes de los hogares más pobres. Por eso mejorar la educación no puede ser una política sectorial ni una responsabilidad exclusiva del Ministerio de Educación. Tiene que convertirse en una prioridad nacional y en una agenda de largo plazo que convoque al Gobierno, docentes, familias, sector privado, universidades, organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales alrededor de metas comunes y medibles de permanencia y aprendizaje. Los países que han logrado transformar sus sistemas educativos enseñan, además, que los resultados requieren continuidad: aprovechar las capacidades que ya existen en la sociedad, construir alianzas en lugar de empezar de cero y sostener durante muchos años aquellas políticas que demuestran que funcionan. Empecemos ya.


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